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Acerca de mí

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Nací en La Habana en 1989, justo antes de la caída del Muro de Berlín, que agudizó las estrecheces en Cuba. Dependíamos de la Unión Soviética y sus suministros se cortaron: se inauguró el Período Especial. Tuve una infancia dura, pero mis padres, Ofelia Acevedo y Oswaldo Payá, fundador del Movimiento Cristiano de Liberación y quien murió en un accidente automovilístico hace siete meses, hicieron lo imposible porque mis dos hermanos y yo no resintiéramos las carencias. Éramos chicos, había cosas que no veíamos. En los años 90 se inauguró una ola de desnutrición en La Habana y se programaron semanalmente apagones de electricidad. Los años críticos fueron entre el 93 y el 98 -yo no cumplía mis diez años- pero, dos decenios después, siento que las cosas casi no han mejorado. En ese tiempo el gobierno prohibió la entrada a los hoteles a todos los cubanos y el transporte público empeoró: La Habana se llenó de bicicletas. Yo miro fotos y veo a mis papás muy delgados porque debían hacer 40 kilómetros en bicicleta cada día para ir a trabajar. A pesar de todo, me acuerdo de haber sido feliz con mis hermanos. Crecimos con el privilegio de saber que podíamos pensar por nuestra cuenta, lo aprendimos desde niños. Por eso, en la escuela tuvimos discusiones con los profesores desde temprano y con ellos caíamos en conflicto, no así con nuestros compañeros. Nuestro papá nos decía: ustedes digan lo que piensen y después hablen conmigo. Años después supimos que nuestra escuela era visitada por la seguridad del Estado. Hasta hoy en Cuba es rara la primaria o secundaria donde enseñen a pensar.

Yo nací siendo la hija de un disidente. En 1990 mi padre acababa de fundar el Movimiento de Liberación Cristiana y éramos una familia con valores cristianos, centrados en el ser humano y en la compasión por el prójimo. Representaban un abierto desafío en la isla. Crecimos con valores que nunca estuvieron exentos de cuestionamientos y se volvieron, por eso, polémicos y apasionantes. Ese tipo de libertad era raro y, como niños, nos abrió las puertas a un pensamiento complejo. Yo tenía poco más de doce años el día en que supimos que mi padre había obtenido el premio Sájarov 2002, que otorga el Parlamento Europeo a los defensores de los derechos humanos en el mundo. Caímos en la euforia, muchas personas lo paraban en la calle para felicitarlo. Después de eso, fue nominado al Premio Nobel de la Paz cinco veces: en 2002, 2003, 2008, 2010 y 2011. Su defensa del Evangelio nos marcó. Hoy reconozco que a veces mi fe flaquea porque he visto el mal de cerca, pero si no tuviera fe, mi lucha por los derechos, que sigue los valores de mi padre, sería mucho más amarga.

A los cinco o seis años jugábamos en las calles del barrio con nuestros amigos, así es la vida en La Habana. Por el clima y por la carencia de lugares de entretención, los niños juegan en la calle y los adolescentes se reúnen en los parques y explanadas. En mi infancia nadie tenía juguetes nuevos. Crecí con muñecas usadas y mis amigos, con camiones y bloques de madera dados de baja. A lo lejos nos llegaban juegos más modernos que nos convertían en especiales, porque nadie en el barrio tenía algo parecido. Eran regalos de la familia; mi padre tiene seis hermanos y de ellos, cuatro vivían fuera de Cuba. Ellos no pueden entrar a su país, ni cuando mi abuela murió pudieron venir. Una vez, cuando mi hermano de siete años, que estaba muy enfermo, viajó a Estados Unidos, regresó con una pistola de juguete con flechas de agua y se armó una revolución infantil en la cuadra. A mí me trajo una cocina de juguete, no las conocía. Era raro que yo tuviera un vestido nuevo, pero en ese viaje me trajeron uno y nunca se me olvidó. Nos vestíamos con ropa que nuestros tíos nos mandaban desde Estados Unidos y España y, si no hubiera sido por su ayuda, no habríamos subsistido. Hasta hoy sólo conozco a algunos de mis parientes que viven fuera. Pero la separación familiar no es exclusividad de los Payá: la mayor parte de las familias cubanas la sufren o la han padecido. La escisión ha dejado huellas en todos. Recuerdo que, de niña, soñaba con irme de Cuba. Yo creía que afuera las golosinas no se acababan nunca y había juguetes más lindos, vestidos más nuevos. Tenía siete años y quería irme, pero nací en una familia que nunca quiso abandonar su tierra. En los últimos tiempos he pensado que si hubiésemos emigrado mi papá no estaría muerto hoy. Murió en julio de 2012 en un accidente automovilístico, pero en nuestra familia no creemos que la tragedia haya sido accidental. Llevaba mucho tiempo recibiendo amenazas por su compromiso de resistencia política. Mi padre entregó su vida defendiendo los derechos de todos los cubanos a vivir en la tierra que nacimos, que es, a fin de cuentas, el mejor de los hogares que podemos fundar. Hoy quiero vivir en Cuba, porque sé que afuera me sentiré siempre extranjera y dividida.

VIVIR EN CUBA HOY

Con mi madre y mis dos hermanos, Oswaldo, 25, y Reinaldo, 21, vivimos en uno de los barrios más antiguos, poblados y humildes de La Habana. Somos muy normales, con el privilegio de tener un padre excepcional que, a los 17 años, terminó su preuniversitario en las noches mientras en el día picaba piedras en las canteras de trabajo forzado, el castigo que le impusieron por ir a la iglesia. Nunca nos hemos quejado de carencias materiales porque hay algunos viviendo peor, especialmente en las zonas rurales. Compramos en los mismos mercados desabastecidos que todos. Un sueldo promedio en La Habana fluctúa entre 15 y 20 dólares mensuales, pero una botella de aceite cuesta dos. Un kilo de detergente, tres dólares y un trapero, un dólar. En mi casa vivimos sólo de la pensión que mi mamá recibe por la muerte de nuestro padre y la ayuda de nuestros familiares que viven fuera.

Mi mamá es ingeniera, y yo, licenciada en Física. Mi hermano menor es estudiante. Estudié Ciencias después de descartar Derecho, porque las ciencias me parecieron más difíciles de manipular. Así, las frases de Lenin aparecieron también en los prólogos de mis libros, pero aprendí las mismas ecuaciones diferenciales que enseñan en Berkeley. No tengo trabajo, porque el gobierno aprovechó que me trasladaba desde el Instituto de Astronomía hacia un instituto de investigaciones de la Universidad de La Habana y presionó para que me negaran la entrada. Me encantan las ciencias, pero también las humanidades y, en un futuro, quisiera dedicarles tiempo. Estudiar me hace feliz. Lamento no haber podido ir a Chile, el diplomado en gestión pública y teoría política de la Universidad Miguel de Cervantes me interesa porque es ambicioso. Los chilenos son un pueblo que respeto y admiro y los cubanos podemos aprender de su proceso de reconciliación. Pero no pude viajar. Son los costos de vivir y luchar en Cuba.

En mi familia tenemos un coche Volkswagen del año 64 y nos consideramos muy afortunados. Un auto es un bien prohibitivo en la isla, salvo por los cientos de Ford u Oldsmobile de los años 50 que circulan y que son contaminantes. Yo me muevo en guagua (micro) o en taxi cubano, la carrera vale entre 5 centavos y medio dólar. El transporte público, si bien ha mejorado desde mi infancia, es malo: en las horas pico es difícil tomar guagua y los horarios de las paradas no se cumplen. Pero los jóvenes le damos la pelea a las carencias. El pueblo cubano es, por esencia, gregario y alegre, y en eso ayuda el clima. A los jóvenes nos encanta juntarnos en las noches a conversar, fumar, cantar, reírnos o simplemente a estar, a gastar el tiempo. Me encanta salir con mis amigas, aunque tengo muy poco tiempo desde que murió mi padre. En La Habana hay algunos pubs y discotecas, pero casi no las frecuentamos porque son poco variadas y muy caras. Los jóvenes cultivamos nuestra propia manera de divertirnos, una manera simple, sin dinero. Cada noche nos reunimos alrededor del malecón y en la Calle G, una importante avenida cuyo separador central es un amplio parque. Allí se junta la juventud, hay alegría cuando uno comparte con los amigos. Los cubanos somos el modelo de lo que la imaginación combinada con la falta de opciones puede conseguir. Así los jóvenes nos hemos tomado zonas de la ciudad. Pero también sabemos que para sentarnos en un café, vestirnos con ilusión o conversar en un bar, las oportunidades en mi país son muy pocas o están fuera de nuestro alcance. Alguna vez fuimos con mi familia de vacaciones a Varadero y alojamos en la iglesia del pueblo, porque conocemos a los sacerdotes. Mi único viaje excepcional fue en 2008, cuando fui a Polonia invitada por un grupo de jóvenes católicos, estuve tres días en Roma y algunos en Madrid para ver a mi familia.

Es cierto que la educación y la salud en Cuba son públicas, pero ¿cambiarían los estudiantes chilenos su derecho a voto, su libertad de expresión, su libertad de empresa y su derecho a salir y entrar del país libremente por una educación superior gratuita? No lo creo. En la salud pública tampoco hay milagros: cuando un cirujano debe salir a operar en bicicleta y al mismo tiempo está construyendo con sus propias manos una casa para su familia, y el salario no le alcanza, los pacientes terminan pagando las consecuencias, por muy buena voluntad que tenga ese doctor.

Para los jóvenes cubanos es muy frustrante vivir en un lugar desconectado, como en un tiempo diferente al tiempo del planeta. Hay prohibición de tener internet en las casas, quienes lo tienen han recibido un permiso especial del gobierno, o bien infringen la ley. La comunicación por redes está censurada: hay muchas páginas a las cuales es imposible acceder y en las universidades y centros de trabajo el acceso a internet está vigilado y censurado. Por eso, el Movimiento Cristiano de Liberación, del cual soy rostro desde que murió mi padre, y otras organizaciones de oposición promueven hoy el Proyecto Heredia, un proyecto de ley que exige, entre otras cosas, el derecho al acceso libre de internet, correo electrónico, telefonía, televisión satelital y por cable.

YO CREO EN LOS DERECHOS DE TODOS

Mi lucha es cívica. Es por los derechos de todos los cubanos, una cuestión humana antes que política. El mensaje del Movimiento Cristiano de Liberación, que es el mío, nace del diálogo con la gente. Nuestras propuestas cuentan con el apoyo de miles de ciudadanos, pero existen muchos que no están de acuerdo y está bien que no lo estén: la variedad es fuente de riqueza y nosotros luchamos porque todos puedan expresarse. El ideal de liberación que defendemos no es exclusivamente económico y social, abarca todas las dimensiones humanas.

Vivimos en una isla, no en una nave espacial. Los cubanos somos seres humanos y, por décadas, no hemos podido salir y entrar de nuestro territorio con libertad. Y tampoco podremos ahora con esta reciente reforma migratoria, porque en la práctica continúa reservando al gobierno la facultad de decidir quién viaja y quién no. Es verdad que amplía los plazos de residencia en el extranjero para los cubanos y aumenta el número de los viajeros, pero traslada la dificultad a la emisión del pasaporte. Aún habrá cubanos cautivos, personas segregadas. Los médicos, los profesionales, los jóvenes en edad del servicio militar, otros. Para ellos no habrá pasaporte. No avanzaremos en Cuba mientras todos los cubanos no podamos salir y entrar libremente. Es un derecho humano y por él yo lucho. En la isla hay muchas mujeres involucradas en la lucha por los derechos y otras muchas que sufren su carencia. Ellas y más de 25 mil ciudadanos hemos firmado nuestro apoyo al Proyecto Varela, que postula consagrar en leyes nuestro derecho a la libertad de expresión, de prensa y de asociación, inexistentes en este país. La cantidad de firmantes es un importante éxito porque en Cuba impera la cultura del miedo. Estamos más allá de las ideologías: nuestras peticiones son universales, no son de derecha ni de izquierda.

Yo pienso que los esfuerzos que se hacen en la isla tienen eco afuera. Este año hemos sabido que parlamentarios uruguayos y también los de Noruega están nominando oficialmente al Movimiento Cristiano de Liberación al Premio Nobel de la Paz. Mi padre, Oswaldo Payá, fue postulado cinco veces antes de morir y siempre dijo que era más justo que la nominación recayera sobre el movimiento que fundó. Recibir este honor sería un gran reconocimiento a la causa por la libertad y la defensa de los derechos humanos. El Nobel ayudaría, pero nuestra liberación es un problema que tenemos que resolver nosotros mismos en Cuba, con las herramientas del esfuerzo personal y, sobre todo, de la determinación.

“He visto el mal de cerca, pero si no tuviera fe, mi lucha por los derechos y valores de mi padre, sería  más amarga”.

“Mi papá murió en un accidente de auto. (…) Llevaba mucho tiempo recibiendo amenazas”, dice Rosa.

“Lamento no haber podido ir a Chile. Es un pueblo que admiro. los cubanos podemos aprender de su reconciliación”.

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